¿No esperar nada para ser feliz?

Los modelos de felicidad y paz orientales tienen como hilo conductor la reducción o eliminación del deseo. Hay quien opina que parte de nuestra infelicidad reside en tener expectativas que no se cumplen. Sin embargo, en la otra cara de la moneda se sitúan quienes afirman que, para tener éxito, tienes que visualizarlo. Es decir, imaginarte, ver como serás cuando consigas aquello que te propones. Entonces, ¿Quien tiene razón?

ser positivo no esperar nada

Ni lo uno ni lo otro. Siempre he creído que los extremos son malos. No hay que eliminar las expectativas de manera tal que, parezcas un alma en pena, ni estar soñando siempre con un futuro lleno de lujos y maravillas que están fuera de tu alcance. Una clave intermedia sería la resiliencia, entendida como la capacidad que tenemos de superar situaciones y salir reforzados de ellas.

Hace unos días leía un artículo cuyo titular decía: “si quieres ser feliz, no esperes nada, no tengas ninguna expectativas” Si cumplimos con esa propuesta, seremos como un alma en pena. Sin ilusión, sin esperanza, sin motivación para conseguir nuestros objetivos vitales. Por tanto, parece conveniente tener expectativas, tener ilusiones, pero sin darle excesiva importancia o, por ejemplo, practicar y aprender a superar y afrontar los fracasos. Si por ejemplo, nos presentamos a un concurso, lo lógico es desear ganarlo. Si compramos un billete de lotería, lo normal es esperar algún premio. La clave está en no darle más importancia de la que tiene a esas esperanzas. Pensarlas, soñarlas, pero sin obsesionarse. Si conseguimos aquello que habíamos soñado, bien, Si no, también está bien, porque hemos aprendido algo.

No esperar nada porque en alguna ocasión las cosas han salido mal, también es un mal negocio. Seguramente pensar así nos vuelve personas negativas, tristes, desconfiadas. Sin esperanza y sin espíritu de lucha. Si por casualidad, en alguna relación, algún intento de negocio nos salió mal, no tiene porque suponer que siempre va a ser así. Aprendimos de los errores cometidos y volvemos a la carga. De no ser así, no disfrutaríamos, por ejemplo, de grandes avances médicos o tecnológicos, porque al primer intento fallido, no se habría intentando volver a hacer.

Hay que tener fe y esperanza. Son motores que alimentan nuestra vida. No hay nada peor para las personas que no tener esperanza. Una vida sin esperanzas, sin expectativas, es una vida algo muerta. Debemos luchar pero sin obsesionarnos con esos objetivos. Caminando hacia ellos, visualizándolos y aprovechando los fracasos para aprender y hacernos más fuertes.

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