El duelo y la Navidad

navidad jesus marreroAlguien cercano a la familia me dijo hace unos días que estas navidades habían de ser tristes. Notaríamos la ausencia de dos personas ya que en los dos últimos meses fallecieron mi madre y mi tía. Ambas vivían juntas en casa de mi madre y, lógicamente, son una ausencia notable. Sinceramente, no me esperaba ninguno de los dos fallecimientos, aunque reconozco que en las personas mayores el tiempo siempre corre en su contra. Conscientes de ello, tenemos la esperanza de un día más, de un un cumpleaños más, de unas navidades más… Esa sensación va alimentando la esperanza y el optimismo para seguir disfrutando de nuestros seres queridos. Sin embargo, no llegaron a estas navidades.

Para los que tenemos fe y esperanza en que existe algo más tras nuestra vida terrena, la muerte no es final, sino un cambio y por eso nuestros corazones albergan paz y sosiego sabiendo que esas personas están descansando. Pero las costumbres, la vida, nos habla de tristeza, de luto, de un hueco libre en la mesa de Navidad, aunque no lo he visto así. Creo que la mejor manera de celebrar esta fiesta es recordando y haciendo todo como antes. A mi madre no le gustaba la tristeza, la Navidad fue siempre una fiesta alegre en casa. Entonces, ¿por qué habríamos de cambiarla?, ¿se honra más a los que no están haciendo luto y no celebrando nada? Sinceramente creo que no. Hace tiempo había «normas» rigurosas sobre el duelo. Había un tiempo que había que llevar color oscuro, no se debía acudir a fiestas, mucho menos cantar o estar contento. Esa idea creo que no es compatible con quienes tienen la certeza que todo no termina aquí. Es más, me parece poco saludable, porque lo único que hace es incrementar la tristeza y la depresión ante la pérdida de un ser querido.
Propongo, por tanto, guardar un duelo en el corazón, recordando todo lo bueno que hacíamos con esa persona y si vivíamos momentos felices en Navidad junto a ellos, rememorarlo de manera alegre y positiva, tal como nos indique el corazón y no por aquello que nos dicen las costumbres, que a veces, en lugar de cicatrizar heridas, únicamente las hacen más profundas

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