El primero, que se ponga a la cola

Nuestro entorno es una sociedad visual y de apariencias. Figurar, colocarse en primera fila, ser vistos, es algo que algunos desean, porque estamos “programados” para vivir colectivamente, donde el que sobresale “parece ser el mejor”. Me da la impresión que este es uno de los instintos más básicos de las personas, tratar de ser el “rey de la manada”. A algunos les gusta ser reyes, destacar. Y a pocos, sin embargo, empujar del barco y hacer los trabajos sucios. Indiscutiblemente, hay pocos tronos y muchos candidatos, por eso los puestos de relevancia social siempre han sido muy deseados y controvertidos.

Una de las razones por las que las personas quieren ocupar determinados puestos es por la relevancia social. Muchos admiran determinados cargos, por la importancia que se les asigna. También hay quien desea ocupar un cargo relevante por el bienestar que produce. El presidente, el director, el concejal, alcalde… tiene, generalmente, un trato diferenciadamente favorable sobre el resto. En otro sector más lejano, pero nada despreciable, están quienes aparecen en los medios de comunicación. Las propias compañías audiovisuales se encargan, como dice mi madre, de batir las claras, para que determinados personajes suban como este producto, generando a su alrededor una especie de aura positiva o negativa para que todos valoremos o despreciemos a la persona estipulada.

Sin embargo, considero que hace falta más “obreros” y menos “jefes”. Pero obreros felices, porque da la impresión que el gran problema de esta sociedad de apariencias es que una gran mayoría de las personas desean ser reyes y, como ya dije, no hay tronos para todos. Hace falta obreros felices con la condición que tienen, capaces de desarrollar una vida normal, feliz. Porque no hay mayor infelicidad que el deseo de ser lo que no se es, porque nos pasamos la vida deseando cosas que estarán muy lejos de mis posibilidades. Debemos aceptar nuestra realidad y desarrollarnos al máximo dentro de ella. Lo cual no significa ni remotamente que deba resignarme. Pongamos un ejemplo ¿De qué me sirve desear ser Rey de España? Puedo pasarme toda la vida, queriendo ser rey, mi ilusión desde pequeño era la monarquía. Jugaba, soñaba, deseaba ser rey y no puede ser. Por lo tanto mi vida va a ser desdichada porque mi deseo no se podrá cumplir. Sin embargo, lo normal es que acepte la condición en la que vivo y que dentro de ella desarrolle al máximo mis potencialidades. Estoy escribiendo ahora, pues pongo en ello todo mi empeño, luego salgo a pasear, lo mismo. Cuando finalicen las vacaciones, daré lo máximo en el trabajo, para sentirme bien, realizado, feliz. No tiene ningún sentido, y ahí va otro ejemplo, que en unas semanas, cuando vuelva al trabajo, empiece a añorar las vacaciones.

Se necesitan, por eso personas felices en este mundo. Mujeres y hombres que no estén permanentemente deseando y admirando lo que hacen otros, sino que centren todos sus esfuerzos en ser lo que son, desarrollando al máximo sus potencialidades. Centrándonos en nosotros mismos, seguramente llegaremos a ser mucho más felices que algunos “famosos” a quien admiramos. Puesto que hay un debate interno que no todos saben encauzar. Puede que alguno de esos famosos no sepa bien quién es, cuáles son sus metas y el sentido de la vida, sino que se ha dejado arrastrar por una corriente placentera para llegar a ningún sitio.

El que quiera llegar lejos, que se ponga a la cola, pero en la fila de la vida, en la fila del desarrollo personal, del encuentro con uno mismo, de la aceptación de la vida en la que vivimos y sin dejarse arrastrar por una sociedad que sólo vive de las apariencias.

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