Perdemos el sentido del bien cuando nos enfrentamos a lo colectivo

Se ha convertido en algo cotidiano en escuchar en las noticias casos de corrupciones de políticos, personas que desfalcan cantidades de dinero. Es lógico preguntarse ¿por qué no somos tan responsables cuando gestionamos lo de otros y sí cuando se trata de lo personal? A nadie en su sano juicio, se le ocurriría llevar su economía personal a la ruina por un endeudamiento excesivo; sin embargo sí que ocurre en sociedades, administraciones y empresas. Sucede entonces que, cuando se trata de una gestión colectiva, se pierde el sentido del bien y de la responsabilidad.

Seguro que en alguna ocasión hemos tenido que hacer una compra colectiva, o quizá de una comunidad o de un grupo determinado. Y seguramente habremos optado por dos caminos diferentes. El primero, no tener en cuenta nada y comprar indiscriminadamente sin mirar precios, calidades. El segundo es coger todo lo “más barato” porque como es para mucha gente… pues da igual. Sigo, sin comprender ¿Por qué cuando se trata de lo colectivo ponemos tan poco interés?  Lo curioso que esto suele ocurrir con cierta frecuencia en pequeños grupos. Comunidades de Vecinos, Asociaciones… Luego, perdemos el sentido del bien cuando gestionamos recursos colectivos.

Es muy probable que esta pérdida del sentido del bien común esté fundamentada en no considerar lo colectivo como propio, sino que aquello que es de muchos, no me pertenece, no soy responsable. Desde esta perspectiva podría entenderse por qué los políticos en algunas ocasiones no gestionan bien los recursos, creando problemas como los que tenemos en la actualidad. Sin embargo, no hemos de conformarnos y justificar en esta forma de ser, sino que se ha de buscar alguna solución. Hemos de caminar hacia el uso adecuado de todo lo colectivo, sintiéndonos parte de ese todo o sociedad, considerando que cualquier mala acción personal repercute en lo colectivo.

Perdemos el sentido del bien común cuando se trata de actividades colectivas y no mantenemos adecuadamente la limpieza en los lugares públicos, no respetamos las normas que se proponen desde quienes tienen potestad para ello, porque no es, a veces, demasiado rentable el esfuerzo personal en actos de bien común; no ponemos el mismo interés en cuestiones personales que colectivas porque “si no lo arreglo yo, lo hará otro”. Así, podríamos confeccionar una larga lista de motivos por los que no atender de igual manera lo colectivo que lo personal, algo que deberíamos cambiar si quisiéramos de verdad caminar hacia una regeneración de lo público, porque para empezar a pedir responsabilidades a los dirigentes, hemos de ser coherentes con esa solicitud y empezar por nosotros mismos. No es lógico pedir que limpien mi calle cuando frecuentemente arrojo basuras en ella.

Hemos perdido el sentido de lo comunitario y no valoramos los espacios públicos ni los protegemos. Da igual que se estropee, alguien lo arreglará. Si hay un desperfecto en la plaza a dónde acudo asiduamente, que llame otro para que lo arreglen, no es mi trabajo. Todos estos son razonamientos frecuentes para tratar de evadir nuestra responsabilidad ante lo público, que también nos pertenece y somos responsables. Sólo desde esa conciencia seremos capaces de mejorar, entre todos, los servicios y la gestión de lo colectivo.

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