Todos debiéramos ser como Nilson

Nilson es un feligrés de la parroquia del Nuestra Señora de los Remedios en Buenavista del Norte y siempre le dijo a mi mujer que me encanta ese hombre. Acude siempre a la Iglesia y lo hace, al menos desde mi punto de vista, con el corazón, todos debiéramos ser como él. Cuando canta se le oye más que al sacerdote, lo mismo cuando hace sus oraciones y, aunque hay quienes se burlan de él, me da la impresión que no hace caso y vive su fe, como él cree que hay que vivirla, poniendo toda su pasión en ello.

Nilson, es mayor. Estuvo en el cuartel con mi tío. Lo sé porque un día, cuando estábamos de paseo nos oyó hablar de Tacoronte y se acercó a ver si conocíamos a un compañero del servicio militar al que no veía desde hace tiempo y resultó ser mi tío José Ángel, recientemente fallecido. Al que mandó recuerdos y precisamente nada más empezar a darle el recado de Buenavista… mi tío me interrumpió y dijo “ya sé Nilson”. ¡Se acordaba de su compañero del servicio militar! No le he dicho a Nilson que mi tío ha fallecido, para no entristecerle porque supongo que a nadie le agrada saber que sus amigos de generación van muriendo.

Creo que todos debiéramos ser como Nilson, porque, él no pone caretas, el canta, siente lo que hace. En aquella conversación sobre Tacoronte, contó que una vez fue a misa a Candelaria en su festividad, donde media basílica era para los altos cargos políticos, algún jefe de protocolo, guardaespaldas o guardián le quiso impedirle ir a comulgar y armó tal follón que tuvo que intervenir el propio Obispo. Desconozco la autenticidad de este relato pero, sinceramente, no lo dudo, viendo a este hombre como se comporta en la iglesia, natural, sin filtros, expresando lo que quiere, sin poner máscaras… Hay ocasiones en las que hace canta algunas oraciones que el sacerdote quiere hacer recitada, pero él empieza a cantarla y todo el mundo le sigue.

En la vida andamos por ahí poniendo máscaras. Siempre se lo digo a los alumnos. Desde que dejamos de ser niños empiezan las presiones para “no hacer el ridículo”, para mostrarnos como alguien especial, guay… Así vamos construyendo una especie de reflejo de lo que los demás quieren que seamos. Empezamos a constituirnos en función de lo que a los demás les gusta, de cómo quieren que nos vistamos, de cómo quieren que seamos, de cómo tenemos que comportarnos cuando estamos con los demás. ¡Eso es una pena! No les pido que san como Peter Pan… que siempre quieran ser niños, pero que intenten no matar al niño que llevamos dentro, porque la adolescencia suele acabar con él, pasando a ser adultos intransigentes.

Por tanto, abogo porque dejemos las máscaras para el Carnaval, que miremos hacia nuestro interior y nos preguntemos ¿somos realmente nosotros o una caricatura que los demás han pintado?

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